Inicio / Notas / Crónicas fugitivas / De máquinas e insomnios

De máquinas e insomnios

De máquinas e insomnios

Jorge Santana

 

Enlace de la publicación original. En la Revista .925 de la Facultad de Artes y Diseño, de la UNAM (ISSN 2395-9894). En el número “Otro cuerpo, otros ojos: el arte de la mirada en un mundo virtual”. Agradecimiento especial a Eduardo Álvarez: http://revista925taxco.fad.unam.mx/index.php/2022/02/04/de-maquinas-e-insomnios/

Imágenes del autor

 

 

¡Y qué es todo esto! ¡Cien pestañas abiertas en el navegador! Que por nada se cierren sin haberlas despachado: un poema por leer, la declaración de impuestos por hacer, la obra de un fotógrafo que quiero apreciar con calma, no sé cuándo. Es mi codiciosa fortuna; incomprensible fuera de este siglo. Ignoro hace cuánto están así, un fichero tan apretado que no cabe el meñique para mirar qué tarjeta es cuál, pues sus íconos distintivos se han ocultado y su apilar semeja los flecos de una tela. Más pestañas que en los ojos, que tampoco acabo de cerrar al fin de la jornada.

El correo en alerta con las bandejas de mis cuentas: la personal, las de mis dos empleos y la de mis estudios, la de las compras y la que generé en Google para no marginarme de sus servicios. Luego la pestaña de WhatsApp para atender el día entero: amor, trabajo, familia, amistad, envíos, vecinos, alumnos, grupos, y alguna sorpresa; de ahí, la de Facebook, por la que me convenzo de que las relaciones humanas son una marca registrada. También están las de trámites, de artículos por leer y de videos por ver, de noticias y de productos que necesito, seguidas por convocatorias de concursos que no tengo tiempo de atender más allá de su vencimiento que, sin remedio, arribará como una promesa sin cumplir. ¿Alguien ha pensado cuántas veces oprime botones en un día?; sí, ¿cuántos clics de mouse, toques de teclado o de pantalla da para escribir o para cualquier otra cosa?

Y como no me permito declarar tiempo perdido esa dispersión de intereses, es que acudo al panteón de las ideas llamado Lista de favoritos… ¡Cómo es que manías tan sosas resultan indispensables a alguien!: vivir en una pantalla y, no conforme, morar entre listas como esos muñecos de madera que contienen a otros. Quién habría pensado que la patología del acumulador pasaría inadvertida en el caso de los acumuladores virtuales. Bastaría examinar mi computadora para que se me indicara una terapia exprofeso; ahí donde reside lo que un día me sorprendió y con lo que, sin embargo, no sé más que hacer. Todo retacado en orden alfabético, de la Animación a la Zoología, pasando por el Arte y la Ciencia, las Etimologías y los Viajes. Listas y listas que delimitan mi ser; como en la que compilo lo que me inspira el ascenso a una mayor conciencia, consejos de yoguis e historias lacrimógenas que me evocan, por contraste, lo plano de mi vida, como la de aquella pareja que rescata perros paralíticos y los asienta en arneses rodantes… Todo revuelto en la marea de mi atención para ser prendido con el arpón mágico de un clic, atado a mí, mientras navego al timón de mi escritorio, envuelto en la oscuridad de muebles y libreros que inopinadamente se llenan de olvido, en ese remolino en que me hundo y que, por cordialidad, todavía llamo ‘mi día’.

Reconozco que podría aburrir a cualquiera con esto; y así lo hago. Y es que es importante trasmitir el aburrimiento para que una vida sea apreciada más allá de su imagen y cobre algo de la efectividad de ser transcurrida, “en 3D”, como se dice ahora para lo que se experimenta a flor de piel. Como aquellas películas marginales que vi hace años sobre Van Gogh y Kafka; ¡eran aburridas a muerte! En la sala muchos roncaban o se salían; pero yo, por alguna razón, las consumí completas. Y al paso de los años revaloro haber sentido el tedio de ese par de existencias pesarosas e incomprendidas. Algunos se decepcionaron de no atestiguar ni clímax ni arrebatos. Y es que, a cambio, las historias traslucían el sentir diario de esos artistas, sin mucho amor que digamos y con el lastre de su fastidio. Así que, guardadas las proporciones, me atrevo a proseguir con esta perturbación. Después de todo, ¿qué sería de una vida sin sus agobios?

A este punto, creo adecuado aclarar que escribo esto en piyama, ¿cómo más se podrían anotar líneas así? He vivido en piyama y en internet desde estos dos años pandémicos… Aunque por superstición no quería escribir nada relacionado a esa palabra, pero lo habré hecho dos veces si agrego lo chusco que me resulta cuando, muy a la moral mexicana, en medio de cualquier conversación, de pronto alguien dice “…hasta que, con esto de la pandemia…”, como si la pandemia (¡tercera vez!) tuviera algo incognoscible o misterioso que sólo debiera ser insinuado; como si uno dijera: “en esto de la vida”, “esto de la piyama”. ¡Ja-ja-ja!… Por cierto, vaya rasgo adolescente este de reírse por escrito. Si no hubiera existido esto de internet, jamás habría anotado un ‘ja-ja-ja’.

¿Pero en qué iba?… La verdad a estas alturas ni siquiera me desconciertan las digresiones, mías ni de nadie. Desde la presencia de internet, es usual saltar de una cosa a otra, justo como por entre categorías y pestañas. Es totalmente normal ver un video de “Cosas que no sabías”, en el que tras hablar del mandril con el trasero más rojo del mundo o del asteroide del tamaño de la Torre Eiffel que viene directo a nuestro planeta, te pueden relatar sobre aquel joven que tragó una cuchara y la tuvo en la tráquea por años. Cuando pierdes el asunto de alguna charla, lo mejor es platicar cualquier cosa de Netflix. Se puede decir que eso ya no equivale a cambiar de tema. Tal es el impulso de pensar en ‘random’, como se dice ahora, con ese toque sutil de blof anglosajón.

Y sí. Esto es una locura. Vivir como en una funda, acostarse a las cinco de la madrugada para levantarse a las nueve. Lo último que veo antes de activar el despertador y entrar en los sueños es a mi roomie; que es como nombro al iPad que pernocta en mi cama. Lo primero que veo en la mañana es la computadora encenderse en el escritorio mientras, a tumbos y con cara de topo, me dirijo a la estufa a prepararme algo de mate o café; para, de ahí, brincar a otra máquina, a la caminadora que programo para correr y sudar viendo horizontes artificiales en una tableta cableada a un estéreo durante 6 km.

Hay días como hoy en que pierdo la cuenta de las horas sentado, y desayuno, como y ceno frente a la pantalla; claro que a veces voy al baño; pero ni siquiera el celular se salva de acompañarme ahí, para luego estar de vuelta en mi silla. Esta silla estropeada por el uso en la que escribo estas palabras, redacto mi investigación o el intento de un poema en la noche; puesto que, mientras hay luz de día, programo, diseño, corrijo, miro videos de yoga, e incluso de estiramientos para contrarrestar la lumbalgia que todo esto me causa, documentales de historia, de la naturaleza, de cualquier otra cosa; por no contar las video-llamadas y las clases virtuales que doy en la misma computadora en que, horas antes, las planeo. He tenido estudiantes que nunca he visto, que son sólo el recuadro de una voz robotizada, una gran ‘L’ o una gran ‘S’ mayúsculas en el monitor, nada más. Y pienso: alguien en algún lugar está subiendo ahora una montaña. Y yo estoy aquí, frente a un monitor, subiendo la foto de una montaña a un sitio web.

Luego, al fin, algo natural, aunque no por mucho tiempo: el hambre ataca. Abro el refrigerador y, frente a esa suerte de espejo, rememoro la frase “eres lo que comes”. Ahí dentro hay cajas y empaques con animales molidos vitaminados, congelados y más tarde descongelados por microondas; hay botes con claras de huevo, con bebidas que saben a frutas inexistentes, bolsas con alimentos que se llenan de moho, todo cuanto será insuflado por tuberías prolongadas de un piso a otro hasta Dios sabe dónde, y si es que Dios está por ahí, pulsando el algoritmo del supermercado en línea que me sugiere lo que va haciendo falta. ¡Uf! McLuhan se volvería a morir de percatarse cómo absortos en los medios, olvidamos incluso que había mensajes. Y tal vez sea el momento de preguntar: ¿está usted de acuerdo que, al seguir leyendo este texto, acceda a todas sus cookies?…

‘Tiempo’, ‘aire’ y ‘sitio’, ‘navegación’ y ‘nube’, son elementos universales que abandonan las metáforas poéticas para trocarse en alegorías tecnológicas. ‘Ventana’ y ‘muro’, ‘fuente’ y ‘portal’, principios ancestrales de la arquitectura, diluyen hoy su significado ante internet… Pero no siempre fue así. Tuve antes algo llamado vida real, caminaba con un libro y escribía a mano en los cafés; no me distraía cada dos minutos ni abría Facebook o el correo sólo para volverlos a cerrar, ni revisaba mis líneas mil veces a ver si quedaban mejor dichas. Llevaba conmigo una libreta para mis ocurrencias; hasta que un día anoté una que decía: “necesito una computadora portátil para anotar mis ocurrencias…” Y ahí paré.

No obstante, ahora sigo paseando, pero no es igual. No hay minuto que no vaya escuchando algún archivo de texto leído por el emulador de voz de mi celular. Esa mujer digital y mexicana que la marca llama Paulina. Una amiga dice que es mi Robotina. Lo cierto es que llevo más de una década oyendo a Paulina al menos dos horas diarias. Cómo olvidar que de sus labios virtuales escuchara Moby Dick y Rojo y negro, Madame Bovary y todo Tabucchi, los relatos de Sándor Márai e innumerables veces El Libro del desasosiego, eso sin contar mis propias líneas y cada novela de mi Club virtual de lectura; sí, virtual como la vida. ¡Y pensar que la palabra ‘virtual’ proviene de ‘virtud’!

Hace más de una década que no compro un libro. Todo lo descargo gratis de aquí y de allá, incentivado por mi creciente presbicia; y al final del día me resulta mejor oír los libros o leerlos en la computadora con una letra colosal, para el anciano que lentamente voy siendo. De hecho, cada que invierto dinero en algo, se trata de una pantalla o de un aparato más. Hace tiempo cambié mi coche por una TV de 80 pulgadas, a la que calcé en el vano de la desusada chimenea y ante la que tiendo un colchón lleno de almohadas y que, a la media luz de las películas, encarna el punto máximo de mi felicidad, espacio bautizado merecidamente como la Fortaleza… Porque no todo es conmoción, y es oportuno ponderar el descanso, aunque no difiera mucho del resto. En este cada vez más familiar modo de vivir, voy por la casa como un mono entre lianas saltando de una pantalla a otra; de la de mi escritorio a la gigante de la Fortaleza, en la que me refresco con thrillers y caricaturas, y de ahí, a la pantalla del teléfono en que veo recetas de cocina antes de emigrar hacia mi roomie que me arrullará con un episodio de Cosmos o de Los Simpson. A veces, acompañado de una copa, abro mi lista de Karaoke en YouTube y, procurando no disturbar a los vecinos, hago lo propio. Veo con nostalgia que para consumar este estilo de vida me faltaría abismarme de vez en cuando en algún videojuego.

Aún recuerdo mi primera juerga por Zoom en 2020. El caos del virus no tenía mucho de haberse desatado. Sin traza de vacunas, las muertes se disparaban en todo el mundo, había miedo de salir y nos manteníamos confinados. Eso era bastante y los amigos ya nos extrañábamos. Así que, cada uno en su ciudad, se aprovisionó con cerveza o vino a domicilio. El caso es que terminamos ebrios muy pronto. Y claro, en Zoom tu percepción es otra. Por más que pretendas escapar a tus sensaciones, las pantallas te devuelven a la mente. Cuando estás en un lugar de verdad, si alguien se levanta o alza el brazo, lo adviertes sin más; mientras que en la pantalla a veces ni lo notas, pues ese aparente movimiento es apenas un cambio de luz que se aplasta en el cristal, y ya; de modo que cualquier letrero se vuelve más llamativo, cualquier alerta que de repente aparezca ahí. En cambio, entre la gente, te mueves de lugar, abrazas o te abrazan, alguien sale a fumar, o lo llaman; ves la carta o vas al sanitario subiendo escaleras, sales un momento, pateas una basurita, vuelves, te distraes, ves a los demás y no tienes que poner demasiada atención a nada.

Estar en una pantalla es tan distinto, ahí sumido, viéndote inverosímilmente a ti mismo entre otras fracciones de gente, de las que esperas turno para hablar, pues, de lo contrario, las voces se apelmazan y no se oye nada. Te quedas medio autista, tus amigos son más bien un menú e, inexplicablemente, las bebidas en tu escritorio son tu real compañía. Todo está en un lugar donde nunca había estado, dices cualquier tontería y te sirves un trago más sin darte cuenta, luego sin querer te lo llevas al baño o a rellenarlo de hielos a la cocina, mientras te ríes como loco o gritas en calcetines para que te oigan hasta el micrófono de tu computadora… Como nadie tenía cuenta Premium, cada 40 minutos debíamos reanudar los encuentros. Algunos regresaban tarde, se iban a orinar o a cocinarse algo y se perdía el hilo de todo. Después de muchas sesiones, cerca del amanecer, cada vez más chispados, alguien decía: “¡Un Zoom más y al diablo…!” Para entonces las horas en pantalla son una droga en las retinas que te deja fundido; abstraído mirando a todos como los peores dibujos animados y, sin darte cuenta, viene el último minuto y ¡pum!, todo se esfuma. Y brota una sensación muy extraña: la de irse a casa estando en casa. Y en efecto te vas, pero sin llegar a ningún lado. Sin despedida, sin taxi ni abrazos de nadie. Lo mejor es desconectarse y caer en la cama con esas sensaciones raras, pues no falta el terco que pretenda seguir la farra enviando videoclips y memes al teléfono… Y sí, habías empezado tu día navegando, pero naufragaste.

Por un tiempo sopesé las ventajas de este tipo de vida, de no pasar colgado de un tubo en el trasporte público atiborrado de gente y, a cambio, caminar por las calles haciendo muecas y hablando a solas tras el telón del cubrebocas sin parecer un loco. En cuántas reuniones virtuales no estuve descalzo y en calzones, pero luciendo del torso para arriba un saco elegante; dirigiéndome a los demás con aire importante, acabado de despertar un minuto atrás, con la camisa pescada al vuelo y atendiendo otros pendientes en un segundo monitor, o bien, picándole los ojos a los rostros con el cursor, retratándolos o acariciándolos con el dedo sin que me lo reclamasen, cómplice de mi circunstancia. ¡Y cuántos otros no habrán hecho lo mismo en sus casas! Vestidos de arriba, y de abajo en calzones, el Señor director y la Coordinadora de Desarrollo, el Jefe de Área y la secretaria. ¡Quizá desnudos hasta el ombligo!, ¡o con resaca tomando cerveza y Clamato en una mustia taza de café!

Y podría seguirme por ahí y hablar del sexo y las pantallas, que vaya que es tema, pero por recato me conformaré con asentar que el confinamiento obligó una profusión de célibes digitales. Sin fiestas ni bares, sin plazas ni escuelas, sin museos ni otros lugares de ocasión, no quedó más que resignarse a la soledad, sobre todo a la del cuerpo, con la que poco a poco, al menos a mí, llegaron supersticiones fatales. En mis momentos de mayor ocio, y transcurrido el primer año en aislamiento, concluía estadísticas mórbidas: “si no he hecho el amor desde hace dos años, y si viviera noventa a este ritmo, ¡me quedaría apenas un puñado de veces para hacerlo el resto de mi vida!” Y aunque sabía que eso era absurdo, no soltaba cierta preocupación, incluso en mi mayor intimidad, mirando con consuelo a mi roomie, yacente sin su estuche sobre la cama.

Una noche me pasó. Regresé a casa y no quise encender nada, ni luz ni aparato. No obstante, sentí una clase de presencia y quise saber de dónde procedía. Me senté en lo primero que encontré, cavilando: A ver, haciendo cuentas, en este departamento habito junto a un centenar de máquinas, considerando desde el módem hasta el refrigerador, desde el celular, hasta las computadoras, bocinas inteligentes, cámaras, proyectores, rasuradoras, impresoras y otros enseres menos protagónicos, como la máquina de grabar metales o la otra para aspirar el exceso de goma que queda tras borrar un dibujo. Y analicé: soy un individuo entre millones que vive en la Ciudad de México. No soy en absoluto maquinista ni ingeniero; sin embargo, ¡paso sólo entre máquinas! Me pregunté si era en un contexto así que podía dejar de llevar mi cotidianidad maquinalmente. Si se iba la luz se iba mi vida.

Comprendí que el ‘cerebro multitarea’ es un mito; que la realidad de vivir en pantallas es la de la eterna sensación de no tener cuerpo, la del miembro fantasma, la de hablar al vacío y ver cómo alguien ahí se congela o se desaparece. Supe entonces que llegaba a un límite. De tanto ocuparme en imágenes digitales, había dejado de pintar, de saber cuándo salía y se iba el sol, dejado de ser lo que he sido, un pintor. Precisaba una catarsis, un acto que sirviera de purga. Radical como soy, vislumbré dos posibilidades: o terminaba yéndome a vivir lejos, a un rancho sin luz eléctrica, trabajando de mis manos; o me entregaba al vértigo de las máquinas. Obviamente, ganó la segunda. Bien decía Fitzgerald que, si uno aspira a una inteligencia eficaz, debe mantener dos ideas contrarias a la vez y conservar la gracia de funcionar. Así que me puse a pintar lo que había visto desde hacía tantos años: ¡pantallas! Abrí de una patada la puerta de mi taller. Destapé los óleos, tomé lienzos grandes y me di a la labor de plasmar este delirio en que vamos viviendo no sé qué tan conscientes.

Empecé por pintar, sobre una tela gruesa con pinceladas impresionistas y rabiosas, una pantalla gigante de Facebook, justo la de un hipotético perfil de Van Gogh, en el que los logotipos eran masillas chorreantes caladas con mis dedos, y continué con un retrato de mi escritorio material, una especie de bodegón con las computadoras en uso y una Maja desnuda que las atravesaba por adentro, y, enjuiciando los aparatos esparcidos en casa, terminé pintando encima de los escáneres viejos y el chasís de caducas computadoras portátiles. Los botones se volvieron manchas y el reflejo de rostros plastas en el cristal. En vez de desvelarme en la computadora escribiendo textos que al final arruinaba, hice cuadros con textos de Word, pero “escritos” con gordos brochazos de óleo, páginas de Netflix fueron ahora collages con resina y arena; y, en enormes capturas de Zoom, los médicos aprendices recibían la lección a distancia del Dr. Nicholaes Tulp; naturalezas muertas de Uber Eats y tantas cosas más que me arrancaran este enajenamiento a través del mismo. La tecnología me había poseído y yo quería conocer a fondo esa posesión hasta donde pudiera. Renuncié al presunto arte de la vida digital para digitalizar el arte de una vida palpable, más visceral que un buzón de mensajes, con roce físico y sustancias reales. Fue así como me convertí en un pinta-pantallas.

Hacer eso me confirmó de muchas formas que pintores y escritores, después de todo, siempre habíamos trabajado dentro de un mero rectángulo: el bastidor de tela, la hoja de papel. Como Julien Gracq, me proclamo antimoderno, necesito el retrovisor para avanzar. Sí, quiero que algo de ese mundo regrese, así sea entre esos parcos límites, que lo digital vuelva de donde un día vino: de los dedos, que las pantallas retornen a la tela y los PDF a la tinta, que los pixeles luminosos se pulvericen en pigmentos y las descargas pesen en los músculos. Ojalá volver a tocar las cosas más allá de las yemas de los dedos me devuelva algo, que la presencia del solvente, del aceite, de los callos en las manos y del avistamiento de la calle, puedan liberarme en verdad… Entonces, dejo pendientes los pies de página en mi texto para apoyar los míos en el suelo, y abro la ventana de casa. Veo a lo lejos un sol purpúreo perderse en el horizonte de las azoteas y reconozco una señal que debe ser buena, pues, luego de haber escrito todo esto, siento ser un programa que yo mismo hubiera cerrado. Una máquina desenchufada en mi épico viaje al fin de la pantalla. Simplemente como si no existiera.

 

Jorge Santana Dingbat

 

 

Acerca de Jorge Santana

Mi cuerpo recuerda lo que mi alma olvida. Mi alma recuerda lo que mi cuerpo olvida.

Revisa también...

De lo digital a lo dactilar

De lo digital a lo dactilar La reconversión de la virtualidad al arte tangible  Jorge …