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Saudades del parque

SAUDADES DEL PARQUE

 

Me detengo a escribir en un parque vacío que hay junto a una calle llamada Paseo Tabasco. Si me equivoco, he leído otros letreros como Plutarco E. Calles y Quinta Grijalva. En el parque reina un diminuto kiosco en hierro blanco rodeado por árboles diversos: palmas, pirules, ficus, hules, jacarandas y otros frondosos del trópico. El sitio es casi un prodigio, hay jardineras con geranios y farolas blancas con gárgolas a escala, una fuente injustamente seca con un Poseidón dorado, la clásica copia griega en que acomete con su tridente. Las parcelas rebosan de un pasto grueso rematado a su vez por un barandal y por las bancas también en blanco. Es raro, a excepción de mí no hay más gente en todo el parque. Está lleno de vida no humana, hay tantos pájaros como podría imaginarse. Atrás, las campanas de la catedral llaman a misa de seis y yo estoy tranquilo sin pedirme nada ni pretender algo más de mi soledad.

Los moscos me han picado estos días de vacaciones como es costumbre en el verano, el sol pega fuerte y, todavía alto, parecería no haberse movido desde hace unas horas. Tal vez no sean seis las campanadas que creí oír. Un perro, y esto es también habitual, ha venido a echarse a mi lado. Es callejero y está muy sucio. Se hace el gracioso, se pone patas arriba, quiere jugar, pero yo no… y al escribir esta frase se ha ido.

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Como es de verse, hoy no encontré otra cosa que esto. Me equivoqué al creer que por tratarse del centro de la ciudad habría agitación y cafés en alguna plaza. Me siento el modesto rey de este parque, no sin considerar detrás de mí al dios marino. Quisiera vagamente estar con una mujer amada, ¿pero cuál? o vagamente llorar, ¿pero por qué? Será porque veo mi vida desperdiciada, un tanto envejecida y la misma, porque veo en este momento miles de otros momentos iguales: días para comprender un sol y un parque que no son para comprenderse, tal como las lágrimas que pudiera tener o la mujer que pudiera estar conmigo no son respectivamente para llorarse o para tenerse.

La vida es algo más sencillo que detenerse a asaltarla a preguntas u observaciones. Pero, entre eso, ¿adónde quedaría lo que verdaderamente soy? No quiero nada y asimismo me entrego a una práctica que me arrebate del letargo de estos días. Al menos pienso que sería bueno ir a la playa. Podría plantarme a escribir más ahora, pero no demasiado, pues no pretendo ni quitar ni agregar algo a la fiel constelación de mi día, ni risa ni aburrimiento. Creo que pasa que mi cuerpo se hace adulto a una velocidad con que mi alma sabe apenas ser otra cosa que niño. A veces me siento poeta, ocurre en una ráfaga, pero es, lo sé, un sentimiento engañoso, como cuando quiero recordar la iluminación que hay en mis sueños y no puedo. Es como saberse artista sólo estando ebrio: ¿qué sentido tiene si uno no puede estar ebrio siempre y ni lo quisiera?, porque todos esos momentos con que suponemos revelar el nuestro no son sustentables en los cosmos del alma, y un alma, aunque yo no lo desee, es más cósmica que onírica: ¿quién se guiaría por un simple sueño si puede guiarse por las ideas del universo? La poesía no es de ebrios ni de dormidos: es de los exploradores de resplandores y abismos, de los que se atreven a soñar despiertos. Al menos así me es justo creerlo.

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Nadie cruza el parque. De pronto en la acera de enfrente caminan mujeres humildes y guapas, con nalgas torneadas y senos turgentes, parientas de esta naturaleza exuberante del trópico… Cruza uno que otro auto con música al tope, vertiginosamente, para dejar claro quienes pueden derrochar algo y quienes no… Al fin otra imagen agradable: un padre joven con su hija bebé que camina apenas alzada por él con un dedo. Hasta ahora somos los únicos vecinos. Ya empezaba a no gozar de esta tonta exclusividad. Un ave hermosa, negra y otra verde-amarilla se han posado en las ramas frente a mí y antes de volar de nuevo me cimbraron con su canto poderoso. Me siento un monje, un eremita en una tierra de portentos. Este es el amor que tengo en esta época de mi vida en que atiendo todo como un llamado, en que no amo un par de labios y nadie ama los míos.

 

Jorge Santana Dinbat

 

Acerca de Jorge Santana

Mi cuerpo recuerda lo que mi alma olvida. Mi alma recuerda lo que mi cuerpo olvida.

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