Escribir por rezar

ESCRIBIR POR REZAR

Escribo ahora porque no tengo paciencia para rezar. Espero pronto el efecto narcótico de las palabras. Tengo una desilusión y aunque sé que es momentánea la vivo eterna. Si es que algo cuento aquí es porque no quiero hacer una plana sin significado, pues bien me vendría que así loco como estoy en este momento escribiera sólo para tranquilizarme: aunque no tenga nada que dar me es natural pedirme algo.

En verdad que el motivo de mi angustia no importa. Importa sentirla una vez más y que eso me apriete. Esta vez si pienso en un problema particular sé que no encontraré uno que parezca real. Sufro como pude haber sufrido hace treinta años porque alguien arrebatara mi juguete. Hay dolores viejos que han asumido hasta hoy formas de pretextos cuyos detonantes viven en nosotros y para nosotros. Son dolores que creemos que vienen; yo diría que sólo se despiertan y que justamente el ser impredecibles los hace amenazadores.

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Hemingway decía que el mejor entrenamiento inicial para ser un escritor era haber tenido una infancia infeliz. No lo culpo, pero la verdad es que yo he sufrido más bien por querer serlo, encaminando las líneas desde mi padecimiento actual hacia mi bienestar de niño y si es que entonces había algo digno de algún fruto. Del niño que fui no sé mucho ahora, salvo que mi manera de sentir ha cambiado apenas. No sé mucho porque me siento el mismo y no hay suficiente distancia para compararme. De modo que decir “el niño que fui” llega a ser un lapsus para no decir “el niño que soy”. No se trata de metáforas, se trata de que no hay un buen método para ver como otros los cambios cuantitativos de la edad. Alegrías, sufrimientos, todo junto y demasiado. No olvido mi infancia porque vivo en ella todavía, y el adulto que soy ahora es el mismo adulto que era de niño, pues también de niño uno sabe ser mayor y usar las palabras en secreto. Sabe llevar un abrigo y una corbata aunque no sean abrigo ni corbata. También se sabe ser propio o grave, se sabe llorar, aunque poco se piensa que llorar es saber cuando se hace con reconocimiento.

Llorando conocí muchos sentimientos que ahora no precisan lágrimas o que se pujan con llanto seco. A veces las lágrimas son frescura en la vida, pero hay llantos llorados en una jaula que no necesitan más que vivirse por dentro, haciendo cualquier cosa, sentado o de pie, en el trabajo o pensando en alguien a solas, pero con la mirada hacia ella misma, hacia la mente; llantos que aprendieron a envejecer y son la cámara lenta de un sollozo en que expresar algo es difícil, mas no imposible. Las manos, la boca, se mueven, y algo se alivia.

 

No puedo calmarme ni aun cansado. Si sufro estoy activo, tal vez más que nunca; asustado o ciego, pero en movimiento. Y es justo esa ceguedad la que quiero iluminar al menos, ya que no dejaré de sufrir por lo mismo ni de moverme en ello. ¿Qué se hace ante una condena así reconocida? ¿Es en verdad condena? ¿Puedo con los ojos cerrados verla? Hay olvidos saludables y más refrescantes que lágrimas, olvidos como de haber soñado, verdes, como de prados inmensos, de religiones que adoptamos con fervor vulnerándonos en todo, olvidos de nuestro propio mando: “toma tú el mando”, se antoja decir entonces a quien sea y vivir otra vez desde cero. Ese olvido existe en los rezos, en las caminatas largas y extenuantes y, en el mejor de los casos, en la caricia de otros, en la mano que nos palpa y, como niños, nos arrulla. Pero ¿cómo llegar a él siendo adultos, estando despiertos por completo, impacientes, sin ganas de rezar, asustados o agitados, llorando sin humedad, recorriendo el tiempo en cualquier sentido y desde cualquier punto: del juguete roto a la cabeza rota?

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Tengo que pedirme algo. Sí. Me invento una confianza, una creencia que en realidad es vieja pero que raras veces veo, la de vivir simplemente y saber que hasta lo peor que pueda ocurrir es nada contra la presencia de la vida, imaginar lo amplio del universo como una purga para la magnitud de los dilemas: «¿preferiría usted no estar vivo?», es la pregunta que me recuerda que hasta lo frágil es fuerte, pues sabe conservarse frágil pese al ajetreo de irse haciendo más y más viejo, justo como ese anciano a quien ayer hablamos de usted y ahora tuteamos.

Veo mis antiguos aprietos, son trenes que eventualmente vuelven. En ellos viajan los pasajeros de siempre: mi ser tímido, mi ser ridículo, mi polizonte ansioso y culpable, mi sola silueta, mi reflejo que quiere desbaratarse y darse al rostro de otro a la menor provocación, mi irreverente arrepentido, mi lastimero de sí mismo, mi enamorado frustrado, mi profeta inútil. Están todos ahí llamándome o diciéndome adiós, que es lo mismo, y más, porque los encuentros y las despedidas me ponen fuera de orden, me convocan una presencia retardada: ¿adónde quería estar?, ¿aquí o allá?, ¿irme o quedarme? ¿Quiero mantenerme adolescente en un cuerpo anquilosado o quiero aprender a ser viejo un día con una buena elasticidad de pensamiento?

Entonces en mi garganta hay una zarabanda de sentimientos adversos. Se me antoja a un tiempo reírme de mí y compadecerme, se me antoja abofetear en mí toda impresión de tontería, me avergüenzo de ser yo sin poder siquiera ser un poco diferente, en verdad ni un poco. Me digo palabras, regaños comunes o imposibles: loco, sardina, tonto, charco de tachuelas en taxi de sitio. Me arrepiento de cada gesto: loco, sardina, tonto, bocafloja, embustero del arte, de la vida, falsificador de rutinas, polizonte de trenes, colilla de cigarro aburrida, vaso vacío, escupitajo en forma de corazón, pobre lata.

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He llegado a mi verdadera plana, reconozco palabras podridas, dichas en silencio o musitadas sin tregua, palabras que se hacen insípidas al repetirlas hasta la textura, rezo para mi dios resucitador, mi dios aséptico capaz de levantarlo todo de nuevo en el último momento, de volver a salvar lo que eché a perder: tímido, ridículo, ansioso. Mi dios único, signo mágico, creador de dinosaurios y de lágrimas, de pueblos de mármol y de las mejores funciones de cine, mi dios-gato-atigrado, dios sorpresa o abuelo o mariposa, que me dice: «vamos, niño, ponte de pie, acuesta al hombre y arrúllalo; dile palabras, cuéntale algo, tranquilízalo; está loco, sí, pero te quiere. Es un adulto, no lo despiertes, no le expliques grandes cosas; sólo adormécelo así, con palabras, muchas palabras, dile, dile, dile».

 

Acerca de Jorge Santana

Mi cuerpo recuerda lo que mi alma olvida. Mi alma recuerda lo que mi cuerpo olvida.

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